A R T Í C U L O S_
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LA VIDA COTIDIANA EN LA ANTIGUA ROMA Jorge Ángel Livraga Desarrollar el tema de la vida cotidiana en cualquier civilización de la antigüedad histórica, es decir lo suficientemente conocida, es tarea que desborda largamente el marco de un artículo periodístico por eso tocaremos puntualmente los temas que permitan una reconstrucción actualizada de lo que hoy se sabe de la antigua Roma. A finales de este siglo XX, las fuentes que alimentan nuestros conocimientos han rebasado la tradición literaria, y se apoyan preferentemente en los hallazgos arqueológicos, así como en las actuales interpretaciones del copioso material que conservan museos y colecciones particulares. También prestaron su ayuda los cateos físicos, químicos y radioactivos, así como un cambio psicológico profundo que aún está en marcha y constituye, esencialmente, la no observación de los restos del pasado como algo que forzosamente debe ser inferior al mundo en que vivimos, pues ya no creemos que nuestra civilización sea la corona de todas sus antecesoras, lo que realmente ha evolucionado es la máquina, pero no el hombre. Comenzamos afirmando que esas personas vivieron de una manera muy semejante a la forma en que lo hicieron las del siglo XIX y, en buena parte, a la que estamos viviendo nosotros mismos. Por paradoja, el llamado Mundo Clásico está mucho más cerca de nosotros, de nuestras creencias y de nuestras dudas, de nuestros gustos, trabajos y ocios, que el mundo Medieval, del que nos separan 500 años. La sociedad de hace dos mil años en el Imperio Romano es activa, metódica, inquieta, bastante descreída y abierta a todo cambio, amante de las novedades y las modas. Cuida la salud y la limpieza de su cuerpo con esmero, está perfectamente legislada y controlada desde lo político a lo tributario, inclinada a los viajes turísticos a lugares antiguos, a tener en casa colecciones diversas y a las ruidosas diversiones que, a través de las brillantes noches, llegan hasta el amanecer. Los oradores comenzaban sus arengas gritando “A la Ciudad y al Mundo”, adelantándose con ello al concepto urbanístico de relación de campos psicológicos que, teniendo como base el hogar, encuadran al hombre en su proyección imaginativa hacia la ciudad y el mundo, recién alcanzado por los especialistas en los últimos decenios del siglo XX. Todos las ciudades construidas por los romanos, o modificadas por ellos, tenían una forma perimetral aproximadamente cuadrada; las cruzaban dos grandes avenidas, Decumana y Cardo, que las dividían en cuatro segmentos de tamaño progresivo. Cuatro puertas principales les daban entrada y salida sobre los flancos. Y su división interna se hacía en base a figuras geométricas cuadriláteras de manera que las calles interiores fueran lo más rectas posibles y de fácil circulación. Esta distribución verdaderamente natural y tan perfecta que aún nada ha logrado superarla, provenía de los campamentos militares que los ejércitos en marcha levantaban cada noche que acampaban, o en los períodos de invierno cuando las tropas quedaban inmovilizadas por razones meteorológicas y estratégicas. Pero había una excepción: la propia ciudad-madre: Roma. Es que esta urbe, que en tiempos del Imperio llegó a albergar no menos de 1.220.000 personas. Se le conocen tres épocas: la Monárquica (753-509 a.C.) la Republicana (509-27 a.C.) y la Imperial (27 a.C.-476 d.C.). Luego vendría una larga agonía en que la esplendorosa Roma quedó convertida en un vasto basural y cantera de piedras, habitada en plena Edad Media por menos de 30.000 personas. En la época de Augusto, y en los comienzos de nuestra Era donde nos colocamos, la vida cotidiana reflejaba subconscientemente estas tres etapas. El jefe del hogar o “pater familia”, era una especie de rey en su casa, tanto que, hasta la época de Octavio Augusto tenía –si bien más nominal que tácticamente- el poder de vida y muerte sobre toda su familia carnal. El oficiaba ante el altar de los Dioses Lares y los antepasados tres veces al día: al amanecer, a media jornada y cuando el sol desaparecía. Su esposa, hijos y demás parientes, así como los esclavos servidores de la casa, colaboraban con él de alguna manera y debían estar presentes. Por otra parte, el “pater familia” estaba muy abierto al diálogo y en las “sobremesas” romanas se trataban todo tipo de temas; al caer la noche, luego de la cena, solía informar a todos de las novedades del día de los rumores y de lo que el Diario Oficial había publicado. A su vez, era un emperador en pequeño que recibía un trato cariñoso, pero en lo formal, sus ropas y actitudes, su mobiliario y joyas resaltaban su condición especial que se percibía a simple vista. En el momento de su máxima extensión y grandeza, Roma era una ciudad en la cual fulgían los bellos templos y palacios a la vez que se amontonaban los primeros “rascacielos” de la Historia, los “insulae”, pues abarcaban pequeñas “manzanas “, y sobre las calles estrechas daban una sensación de mayor altura y aislamiento que la que en realidad tenían. El mismo César Augusto limitó su altura a nueve pisos, equivalentes a unos 35 metros de altura, pero esto no siempre se respetaba. El piso principal era el segundo, y a medida que se ascendía, los pisos y departamentos eran más humildes. Todos tenían ventanas a la calle y los unía una escalera, frecuentemente de madera. El peligro del fuego era siempre grande en la ciudad romana, y en la Capital existían enormes murallas interiores corta-fuegos, cosa que no alcanzó a impedir varios desastrosos incendios que los rumores atribuían a incendiarios de todo tipo, desde guerrilleros urbanos hasta a Emperadores, aunque lo más probable es que hayan sido de origen accidental. Roma tenía agua en abundancia; se calcula que cada ciudadano consumía unas siete u ocho veces más agua que un habitante actual de la capital de Italia. Grandes acueductos convergían sobre la ciudad, provistos de “sifones” y plantas de purificación en base a arena y piedras en los casos necesarios. Toda el agua que llegaba a Roma era potable. Las casas estaban conectadas a la red por tubos laterales y el líquido impulsaba también las maravillosas fuentes públicas que, como la “Metasudans” de época neroniana, se elevaban a más de 30 metros sobre las cabezas de los peatones. Roma era una ciudad congestionada: tanto, que a principios de nuestra Era su centro fue declarado estrictamente peatonal y los vehículos sólo entraban por las noches, para los abastecimientos. Las gentes, salvo las Vestales y otras damas notables que utilizaban palanquines, iban andando y eran tranquilas, pero grandes caminantes. Los caballos se utilizaban poco dentro de la ciudad, salvo en las festividades, “Triunfos” y desfiles militares. Esto se había promovido en época imperial para mantener la higiene de las calles, que eran lavadas y barridas cada noche, pues no existía un servicio especializado en recolectar los desperdicios que solían amontonarse en espacios delimitados de cada manzana. Para la noche, la ciudad contaba con un alumbrado público en base a farolas de bronce, cilíndricas, cuyos velones se protegían – a manera de vidrios- con pantallas de que allí ejercían su profesión impidiendo la entrada a quienes presentasen síntomas de enfermedades venéreas, malformaciones o trastornos psíquicos. Estas casas públicas estaban anunciadas naturalmente, como si expendiesen cualquier otro servicio y tenían una zona estrictamente restringida dentro de la urbe. Lo mismo pasaba, aunque con menos rigor, con las panaderías, pescaderías y demás comercios. Aún las fastuosas casas de los ricos, solían tener, a ambos lados de la puerta principal, locales comerciales que alquilaban; y en los fondos, pequeños huertos, gallineros, conejeras y similares elementos para que sus habitantes no dependiesen exclusivamente de lo foráneo en su economía y alimentación. La sombra de los antiguas reyes-labriegos vivía latente en cada romano, aun en los demás alta condición. Todos sabemos de las impresionantes Termas, verdaderos monumentos palaciegos a la higiene y al ocio, que encerraban, además de sus instalaciones propiamente dichas, bibliotecas, exposiciones de pintura y salitas de concierto. Aparte de ello, muchas casas romanas solían tener retrete y baño. Los había públicos para los que carecían de esas comodidades. Los circos, teatros y anfiteatros no eran de entrada gratuita, aunque en las festividades el pueblo entraba libremente. Los romanos eran muy afectos a los espectáculos grandiosos, a los animales exóticos y a las batallas navales- simuladas en circos y anfiteatros inundados- llamadas “Naumaquias”. Uno de los juegos más apreciados era el de los gladiadores, en los que, siguiendo modelos que provenían de los Misterios etruscos, combatían hombres con determinados atributos, como ser los “Redarios”, “Tracios”, etc. Estas luchas terminaban, no pocas veces, con la muerte de alguna de ellos. En el mundo romano había libertad para todos los cultos religiosos reconocidos, que en época de Augusto sumaban unos trescientos, aparte de la religión oficial de la cual era Pontífice Máximo el propio Emperador. Las persecuciones que dieron tanto que hablar en siglos posteriores, no se producían por razones de fe, sino de orden público. Por ejemplo, al no existir en el Imperio los actuales medios de comunicación, la única manera de que el pueblo conociese el rostro y el nombre de su Emperador, era mediante la erección de un busto en la plaza central. Este hecho para los judíos y las sectas que de ellos habían emanado, constituía un sacrilegio, pues consideraban que se adoraba una efigie humana. Tal episodio, pueril para nuestra época, fue sin embargo la causa del levantamiento y ruina de Jerusalén, bajo el cerco de Tito. Las comidas romanas no eran demasiado copiosas. Había banquetes impresionantes en casos muy especiales, en los palacios oficiales o particulares, pero normalmente se comía tres veces al día, siendo la más abundante la cena. El vidrio era caro, por lo que en comidas normales se utilizaba poco, pero al contrario de lo que se creía hasta hace algunos años, se empleaba en las ventanas aunque ya es imposible saber cuánta transparencia tenían esas planchas. El ejército estaba formado por profesionales y voluntarios, así como de levas en casos necesarios. El número de hombres en épocas de paz no superaba, en todo el Imperio, a los 330,000, pero su disciplina y equipo eran los mejores de su tiempo. Sus armas de artillería, como la catapulta y el onagro, se siguieron usando hasta muy avanzado el siglo XV. Las “Doce Tablas de la Ley” fueron las bases del Derecho Romano, grabadas en bronce en el 450 a. C., y estaban a la vista de todos. Este Derecho Romano, con sus adaptaciones, es la médula del que aplicamos en la actualidad. Aparte de los idiomas locales, toda la Administración Imperial hablaba el latín. No podemos cerrar este trabajo sin referirnos, muy brevemente, a las causas que precipitaron la caída del Imperio Romano. Su eclecticismo (y en cierta forma, indiferencia) religioso le fue fatal, y con Juliano, injustamente llamado “el Apóstata”, finaliza el ciclo histórico de Roma. Los “bárbaros ya no estaban fuera de sus fronteras, sino dentro mismo de su aparato político, social y religioso. El Imperio se partió en dos y nació la llamada Edad Media. Sólo en Bizancio, la entonces Constantinopla, quedaron vestigios de la antiguo Roma hasta aproximadamente el año 1000, en que las Cruzadas la destruyeron y saquearon, especialmente la Cuarta, quedando una ciudad en ruinas detrás de imponentes murallas, a merced de los musulmanes turnos, que la tomaron en el siglo XV con la complicidad de media Europa, dando fin a la Edad Media. |
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