LA BIBLIOTECA DEL ESCORIAL, UN TRATADO HERMÉTICO
Jose Carlos Fernández
Oporto Junio 2005
Cincuenta kilómetros al noroeste de Madrid, enclavado en la sierra de Guadarrama, de poderosa conformación granítica, el monasterio del Escorial es una de las maravillas arquitectónicas de España.
Fue construido por el Rey Felipe II para conmemorar la victoria de San Quintín contra el poder turco, en el día de San Lorenzo, el 10 de agosto de 1557; y ser capital de un Imperio donde el Sol no debía hallar descanso.
Felipe II adoptó como modelo regio a Salomón, dechado de sabiduría y prudencia; identificando a su padre, el emperador Carlos V con el rey David. Este monumento colosal debía evocar, entonces al Templo de Jerusalém, según unos, o a la Jerusalém Celeste descrita en el Apocalipsis de San Juan, según otros; aunque respecto al estilo, José de Sigüenza, monje jerónimo historiador del Monasterio dice que su arquitectura procura ser idéntica a la arquitectura antigua romana, ya que el rey quería que su obra rivalizase con la del Vaticano.
Austero, vigoroso, estable, una fortaleza de piedra y no un lugar de recreo; el carácter de esta edificación es el mismo carácter del Rey Prudente, Felipe II. Rey introvertido y solitario como pocos, de carácter saturnino, firmaría cartas y documentos con un “Yo, la Muerte”, porque al nacer había provocado la muerte de su madre; y probablemente obligado por circunstancias políticas (alta traición) a asesinar a su propio hijo, el príncipe Carlos.
La planta arquitectónica de este Monasterio es una parrilla, atributo de San Lorenzo. A este santo está consagrado, y sus huesos, parece ser, descansan en las esferas de metal que se alzan en las torres de dicho monasterio. El diseño en forma de parrilla, es también el de uno de los símbolos sagrados que aparecen en los petroglifos de Galicia.
El Monasterio del Escorial fue encomendado por el rey a la Orden de los Jerónimos, orden muy afecta a la monarquía española, de espíritu monacal, ascético y combativo. El ánimo de esta orden queda muy bien reflejado en las declaraciones de un monje jerónimo. Dice: “se trata de conquistar la Tierra prometida. Prometida no a los pacatos y a los remolones, sino a los fuertes, a los que están dispuestos a luchar con todas sus fuerzas”. Los jerónimos plantean una analogía entre la vida monástica y la guerra, donde el anacoreta da a Cristo el rango de general y proclama que “tiene una espada y avanza delante de nosotros, lucha con nosotros y vence a los adversarios”.
Cuando entramos al atrio de este Monasterio, nos saludan, desde la altura, los héroes bíblicos que Felipe II eligió como paradigmas. Todos ellos reyes y sacerdotes que habían purificado la religión de falsos ídolos, todos ellos relacionados con la construcción del Templo de Jerusalem. Este es el Patio de los Reyes, también llamado, Antesala de la Eternidad, sus proporciones son las del doble cuadrado y se concibió como antesala de la Basílica y lugar de unión entre la sabiduría humana y divina. Sus cuatro lados corresponden a las Bibliotecas, el Colegio, el Convento y la gran fachada del Templo. Dicha fachada está dividida en cinco cuerpos, y en el segundo, entre siete columnas que hacen alusión, quizás, a los Siete Pilares de la Sabiduría, es que se disponen estos reyes de Judá e Israel: Josafat, representado con hoz y hacha, porque destruyó los bosques donde se rendía culto a la ilusión y a los falsos ídolos; Ezequías, portando una nave, porque llevó a buen puerto la nave del Templo; el rey David, con espada y arpa como rey guerrero y poeta con la leyenda: “David recibió la traza o modelo del Templo de manos de su Señor”; Salomón, llevando, como atributo, el libro, símbolo de Sabiduría, con la inscripción: “Salomón edificó el Templo y lo consagró a su Señor”; Josías, que reconstruyó el Templo de Jerusalem y halló entre sus ruinas el Libro de la Ley, con el que aparece representado; y Manasés, con escuadra y compás y la leyenda: Manasés arrepentido restauró el altar y los sacrificios.
El afán del rey Felipe II al construir este monasterio era crear un “microcosmos” que sirviera para la oración y el estudio, para la formación interior y la educación de los jóvenes, para la caridad, como sede de gobierno y también como panteón familiar. El rey mismo vigiló cada uno de los detalles de esta, su obra, desde que el día de San Jorge de 1563 se pusiera la primera piedra-grabada con un texto conmemorativo y mágico por el mismo Juan de Herrera- hasta su última 13 de Septiembre de 1584. Aunque su Biblioteca no quedaría definitivamente terminada hasta nueve años más tarde.
Esta Biblioteca, con una orientación Sur- Norte que permite la entrada de la luz a través de sus amplios ventanales durante todo el día, mide 54 metros de largo, 9 metros de ancho y 10 metros de altura. Su techo, en bóveda de cañón, y sus muros laterales se hallan divididos en siete tramos y tres cuerpos, de clara inspiración hermética.
Los fondos de esta Biblioteca son, en su mayor parte, donación de la Casa Real e incluyen la colección de libros heredada por los Reyes Católicos y también la que el emperador Carlos V había acumulado en su retiro de Yuste, los libros que el príncipe Felipe II había conseguido reunir en su juventud, y todos los libros que los agentes del rey pudieron adquirir por toda Europa. El dominico español, Alonso Chacón en Italia; Ambrosio Morales revisando las viejas bibliotecas de monasterios y catedrales en España. Arias Montano en los Países Bajos, aprovechando el abandono de los Monasterios motivado por la secularización protestante. Antonio Gracián, secretario de Felipe II, dirigiendo la búsqueda y compra de manuscritos que hacían, en nombre del Rey, los embajadores.
Hubo también importantes donaciones, como la colección de obras árabes, hebreas y orientales y de escritos de Ramon Llull, hecha por Benito Arias Montano, el gran organizador de la Biblioteca. O la de textos filosóficos y herméticos del arquitecto, mago y humanista Juan de Herrera.
Al final de toda esta empresa de compras y donaciones, Felipe II reunió unos 4000 manuscritos y 10.000 libros impresos para esta Biblioteca que en esta época podía competir, si no superar, a la mismísima Biblioteca del Vaticano.
En época de Felipe III sus fondos aumentaron con las obras incautadas a Alonso Ramirez a causa de su prisión, y con 4.000 códices árabes del sultán de Marruecos Moulai Zaidan, al ser capturado su buque; a los que hay que sumar los 1.000 manuscritos del Conde Duque de Olivares, en época de Felipe IV.
El deseo expreso de Felipe II de que fuera una biblioteca pública se ha cumplido y hoy sus fondos pueden ser estudiados por quien quiera.
El pintor que realizó los frescos de la Biblioteca es Pellegrino Tibaldi (1527- 1596), quien además ejecutó, para el Monasterio las pinturas de El Martirio de San Lorenzo, para el Altar Mayor de la Basílica, lienzo de más de doce metros cuadrados, y un San Miguel; deudores ambos del juego de luces e intensidad de color propio de la Escuela Veneciana. Tibaldi, pintor en Roma y arquitecto e ingeniero militar luego en Milán, llegó al Escorial por deseo expreso del Rey Felipe, completando los frescos del claustro. Finalmente trabajaría en la decoración de la bóveda de la Biblioteca, en colaboración con Bartolomeo Carducho. Su estilo fue muy del gusto del rey: vigoroso y colorista, heredero del pintor Rafael y del canon escultórico y majestuoso de Miguel Angel. Las figuras de la Biblioteca asumen posturas audaces, en violentos escorzos y parecen salirse, amenudo del escenario para ellas designado.
En el simbolismo arquitectónico la bóveda representa al cielo, y en el cielo de la inteligencia se representan, en esta biblioteca, las Siete Artes Liberales de una perfecta educación. En el testero norte de la sala, junto al colegio, la Filosofía, reina de las Ideas. Y en el Sur, junto al Monasterio, la Teología, ciencia suprema de la Revelación, vestida con los colores de las virtudes teologales; esto es el blanco de la fe, el verde de la esperanza y el rojo de la caridad.
No debemos olvidar que la Teología nace, como disciplina, en la Escuela Catequética de Alejandría, Escuela de Filosofía fundada y dirigida por los sabios e Iniciados Clemente y Orígenes; conocedores ambos de las doctrinas herméticas y cabalísticas, las únicas que permiten la recta interpretación de las alegorías contenidas en los libros del Antiguo y Nuevo Testamento.
La labor de Orígenes (184- 254) fue prodigiosa. La inencontrada lista de Eusebio le atribuye más de dos mil libros, y la referencia de San Jerónimo es de 800. Trató de establecer el basamento iniciático de la nueva religión uniendo la tradición cabalista hebrea, el pensamiento neoplatónico –fue, con Plotino, discípulo del Adepto de Alejandría, el gran Amonio Saccas, el Theodidactos- toda la herencia clásica griega y romana y las enseñanzas de Jesucristo, sabias y divinas. No desconocía tampoco, el gnosticismo egipcio y la mística de Mitra, haciendo un esfuerzo colosal de síntesis filosófica y mistérica., fiel discípulo de su Maestro Amonio, creador de la Escuela Ecléctica de Alejandría;
Desgraciadamente, su obra fue muy pronto censurada por la Iglesia porque exponía la antigua doctrina de la trasmigración de las Almas a través de infinitas formas en la naturaleza, y a través de las series armónicas de mundos en la Eternidad. El segundo Concilio de Constantinopla, en el año 553 condenó, después de más de un siglo de polémicas la doctrina de Orígenes que no admitía la resurrección de la carne y si la reencarnación y preexistencia de las almas