A R T Í C U L O S_

 

Las Joyas de Cornelia
Los Gracos, por: Will Durant

Tiverio Sempronio Graco (162? – 133 a.C.) estaba casi destinado a la grandeza: su padre había sido dos veces cónsul y su madre, Cornelio, era hija de Escisión el Africano, quien había derrotado a Aníbal en Zama. Su esposo murió luego de fecundarla doce veces; nueve de sus hijos murieron en la adolescencia, quedando solamente una mujer y dos varones- Tiberio y cayo- para orgullo y consuelo de su madre. Cuando un visitante le preguntó si usaba joyas, Cornelio señaló a sus hijos varones; “estas son mis joyas” dijo.

Criados en una atmósfera de  de literatura y filosofía, Tiberio y Cayo Graco conocían al dedillo las especulaciones del pensamiento griego y los problemas del sistema de gobierno romano. Viajando  por Italia, Tiberio advirtió  la escasez de hombres libres en el territorio. ¿Qué  clase de ejército tendría Roma  si los rudos campesinos que otrora lo habían conformado eran desplazados por esclavos cautivos que odiaban el imperio? ¿Cómo podría Roma tener estabilidad política si el proletariado de la ciudad ayunaba a fuerza de pobreza, en lugar de volver a los campos y cultivarlos orgullosamente?  La distribución de los  territorios fiscales  entre los ciudadanos más pobres parecía ser la solución obvia y necesaria a este problema.

Una vez electo Tribuno en el año133 a.c. Tiberio preparó  tres propuestas para la Asamblea de Tribunos:  1) ningún ciudadano  podría usufructuar más de 333 –o si tenía dos hijos varones 667- acres de tierra comprados o arrendados al estado; 2) todas las otras tierras públicas que hubieran sido vendidas o arrendadas a individuos  privados serían devueltas al estado por el precio de compra o arrendamiento, más una suma por las mejoras realizadas; 3)  las tierras devueltas serían divididas en lotes de veinte acres destinados a los ciudadanos más pobres, con la condición de que jamás los vendieran y pagaran un impuesto anual al Tesoro. Tomando el toro por las astas en lo que a la lucha de clases se refiere, Tiberio defendió sus   propuestas ante una asamblea de plebeyos indigentes:

                 Los animales del campo y los pájaros del cielo tienen cuevas y nidos donde refugiarse, pero los hombres que pelean y mueren por Italia sólo tienen la luz y el aire. Nuestros generales instan a sus soldados a luchar por las tumbas y los altares de los ancestros. Pero  es un pedido ocioso y falso. Ustedes no pueden  enseñar el altar paterno. Ustedes no tienen tumbas ancestrales. Ustedes combaten y dan sus vidas para que otros naden en la riqueza y el lujo. A ustedes los llaman los amos del mundo, pero no poseen siquiera un palmo de tierra.

El Senado consideró que la propuesta era confiscatoria, acusó a Tiberio de propiciar la dictadura y persuadió a Octavio, otro tribuno, de vetar el envío de este proyecto de ley a al Asamblea. Tiberio propuso entonces que cualquier tribuno que actuara contrariamente a los deseos de los constituyentes fuera depuesto de inmediato. La Asamblea votó esta medida y Octavio fue removido a la fuerza de su banca de tribuno por los lictores de Tiberio. La propuesta original fue convertida en ley y la Asamblea, temiendo por la seguridad de Tiberio, lo escoltó de regreso a su casa.
Los opositores de Tiberio utilizaron en su contra el hecho de que, contrariando la ley, no hubiera admitido el veto de un tribuno (veto al que la propia Asamblea había dado carácter absoluto largo tiempo atrás). Anunciaron su propósito de juzgarlo, al finalizar el término de su mandato (un año), por haber violado la constitución para ser reelecto tribuno en el año 132 a. C. Cuando llegó el día de la elección, Tiberio se presentó en el Foro vestido de luto y escoltado por un grupo de guardias armados; de este modo intentó comunicar que, de ser derrotado, tendría que enfrentar el juicio político y la muerte. En el transcurso de la votación hubo estallidos de violencia en ambos bandos. Escipión Nasica, argumentando que Tiberio deseaba convertirse en rey, guió hacia el Foro a los senadores armados con garrotes. Los acólitos de Tiberio, temerosos ante la investidura patricia, retrocedieron; Tiberio murió de un garrotazo en la cabeza y varios centenares de sus seguidores lo acompañaron a la tumba. Su hermano menor, Cayo, pidió permiso para enterrarlo; el permiso le fue negado y los cadáveres de los rebeldes fueron arrojados a las aguas del Tíber.
Cornelio estaba desolada. No encontraba consuelo a no ser por su hijo menos, Cayo Sempronio Graco. El joven había combatido con inteligencia y coraje en España, ganándose la admiración de todos por la integridad de su conducta y la simplicidad de su vida. En el otoño del año 124 a. C. fue electo tribuno por la Asamblea. Sus propuestas tendían a obtener el apoyo de las distintas clases sociales: renovar el programa de redistribución de las tierras estatales creado por su hermano Tiberio para ganarse a los campesinos; establecer nuevas colonias en Narbo, Capua, Tarento y Cartago, promoviendo su desarrollo como centros comerciales para satisfacer a la clase media; implementar la lex frumentaria o ley del maíz, obligando al gobierno a distribuir granos a la mitad del precio de mercado entre todos aquellos que así lo solicitaran, para contentar a las grandes masas urbanas. Estas medidas sacudieron las viejas ideas romanas de autoabastecimiento y, con el tiempo, desempeñaron un papel vital en la historia de Roma. A través de un programa de construcción de caminos en toda Italia, las medidas de Cayo Graco enriquecieron a los contratistas y  disminuyeron la desocupación. Este programa fue uno de los más radicales que conoció Roma antes de la aparición de Julio César.
Contando con tan variado apoyo, Cayo pudo ignorar la costumbre y ganar la elección (123 a. C.) para un segundo y sucesivo período como tribuno. Pero cuando propuso extender una franquicia completa a todos los hombres libres del Lacio (el pequeño estado cuya capital era la mismísima Roma) y una franquicia parcial al resto de los hombres libres de Italia, la Asamblea, celosa de sus privilegios, objetó la moción; y cuando, un año más tarde, ignoró la tradición e intentó ser elegido para un tercer período, Cayo fue derrotado. Algunos de sus partidarios adujeron que la elección había sido fraudulenta. Pero Cayo los instó a no emplear la violencia y se retiró a la vida privada.
El Senado, anteriormente reducido por Cayo a una casi impotencia, recuperó parte de su poder. En el año 121 a.C. propuso que se abandonara la colonia de Cartago; todos los bandos interpretaron esta medida, abiertamente o en privado, como el primer movimiento de una campaña destinada a anular todas las leyes de los Gracos. Algunos partidarios de Cayo asistieron armados a la Asamblea y uno de ellos hirió a un conservador que amenazó con atacar físicamente al Graco. A la mañana siguiente, los senadores se presentaron pertrechados para la batalla, cada uno acompañado por dos esclavos fuertemente armados, y atacaron el partido popular atrincherado en el Aventino.  Cayo hizo lo imposible por aplacar el tumulto y evitar males mayores. Pero fracasó y tuvo que huir cruzando el Tíber. Fue capturado, y le ordenó a su esclavo que lo matara. El esclavo obedeció y, acto seguido, se suicidó. Un amigo decapitó a Cayo, rellenó su cabeza con barro y la llevó al Senado, que había su peso en oro a manera de recompensa. Doscientos cincuenta partidarios de Cayo murieron en los enfrentamientos, y otros trescientos fueron condenados a muerte por un decreto del Senado. El populacho de la ciudad, al que tanto había beneficiado, no protestó cuando su cadáver y los de sus seguidores fueron arrojados al Tíber: estaba demasiado ocupado robando sus casas. El senado prohibió a Cornelio llevar luto por su hijo.

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