A R T Í C U L O S_

 

FILOSOFÍA DE LA CIENCIA

M. Soledad de Jorge
Nueva Acrópolis Bolivia

Filosofía como todos sabemos significa amor a la sabiduría. Es filósofo quien ama al conocimiento.
El ser filósofo es algo natural en el hombre; por ejemplo si tenemos un águila dentro de una jaula ¿diríamos que al abrirle la jaula y verla volar que le hemos enseñado a volar? ¡De ninguna manera! El águila sabía volar, lo que pasa es que había una jaula que no le permitía volar. De alguna manera todos nosotros tenemos un águila interior, un ser con alas dentro nuestro que es el filósofo.
Filósofo es aquel que busca la causa y el porqué o para qué de todas las cosas, y ese filósofo debe surgir en nosotros. El hombre de alguna manera lleva intrínseco en su propia naturaleza el ser filósofo, el preguntarse sobre todo, el tener una sana curiosidad intelectual y una sana curiosidad vivencial por todo el mundo que le rodea; qué papel estamos jugando en el mundo, qué podemos hacer nosotros en él, cómo podemos interpretar el pasado, cómo podemos ayudar a forjar el presente, cómo entrever los derroteros del futuro.

Por otro lado y lejos de todas las definiciones demasiado complejas diríamos que la ciencia la constituyen una serie de disciplinas que nos permiten conocer mejor a la naturaleza y el mundo.
Por ello, podemos afirmar que la ciencia siempre ha existido en cada momento de la humanidad.
Pero es obvio que en el pasado remoto, por ejemplo la ciencia estaba imbrincada dentro de un concepto de totalidad filosófico-religiosa. El concepto de ciencia que podían tener los griegos de la época de Pericles era obviamente diferente al concepto que de ciencia podría tener un hombre actual.
A partir de la duda cartesiana, la ciencia aparece como un instrumento del conocimiento que se basa sobre todo en la experiencia para extraer una serie de leyes naturales.

Una vieja enseñanza egipcia utilizaba la pirámide como modelo para llegar a al cúspide de la evolución. Si la pirámide se observa desde su base, ofrece cuatro caras evidentemente distintas que parten hacia arriba; son como caminos diversos que aparentemente llevan a fines diversos también.
Sin embargo, si iniciásemos el ascenso por alguna de sus caras, veríamos con gran sorpresa que disminuye la separación entre vertiente y vertiente, y que, contrariamente a lo que parecería desde abajo, todas las caras desembocan en un mismo vértice superior. De este modo, los sabios egipcios mostraban las posibilidades humanas de llegar a la misma Verdad Esencial a través de distintas vías, según la naturaleza humana. Se mencionaba cuatro vías fundamentales en las cuales cabían todas las actividades posibles para el hombre: la Religión, la Ciencia, el Arte y la Política.

La vía de la Religión ha de ser una forma efectiva de unión del hombre consigo mismo, con los demás hombres y con Dios.
La vía del Arte se ha de fundamentar no sólo en las emociones sino que ha de desarrollar la intuición de lo Bello en sí.
La vía de la Política es la ciencia y el arte de plasmar una civilización, un modelo de convivencia humana.

La cuarta vía es la vía de la ciencia que ha de experimentar con un espíritu abierto siguiendo con ello un camino de acercamiento progresivo a la Verdad. La ciencia no crea lo que descubre, sino que descubre las eternas Leyes de la Naturaleza.

Como vemos, existe una filosofía de la ciencia que es la que nos lleva a la búsqueda de la Verdad, la misma búsqueda que veíamos que era la esencia de la filosofía. La ciencia se convierte así en una forma de filosofía con un sistema y método propio que la caracteriza.

Y ¿para qué nos sirve esta filosofía de la ciencia? dijimos que la ciencia es una suerte de conocimientos  y una metodología que nos permite inferir leyes generales de la naturaleza. Sin embargo, cuando la ciencia está abocada únicamente a la explotación irracional de la naturaleza, desencadena la explotación irracional de los hombres. La naturaleza no solamente debe ser aprovechada por la ciencia para conocer sus leyes generales, sino que debe ser ante todo interpretada. Por ejemplo, nos rodean árboles que el botánico puede estudiar, puede clasificar, puede darles nombres en latín, inglés, español; pero lo que es más importante y l oque debe enseñar es la sabiduría que subyace dentro de estos árboles; se debe mostrar que de alguna manera estos seres inmóviles y verdes son un símbolo de la Sabiduría de Dios y de la armonía del Cosmos.

La ciencia nos tiene que ayudar a poder descubrir e interpretar las leyes que se encuentran en la naturaleza y que rigen al hombre como parte de ella. Para que así pueda el ser humano conocerse y mejorarse.
Hay muchos ejemplos al respecto por ejemplo es conocida la ley científica que postula que a cada acción le corresponde una reacción; esta misma ley científica la podemos corroborar en la naturaleza y el hombre a través de la ley del Karma la cual nos enseña que todos nuestros actos provocan una reacción, siendo este cúmulo kármico el que determina que las personas nazcan bajo distintas condiciones económicas, sociales, etc. Y esta es una ley científica pero que ha sido develada de la naturaleza.

Como decía el Prof. Fernando Schwarz, no basta con saber por qué salta un electrón a una capa superior a la que se halla al ser excitado por una energía externa equivalente a la diferencia energética de esas capas, sino saber ¿en qué me afecta ese conocimiento en mi vida?, ¿cómo aplicarlo?, ¿cómo puedo saltar a un nivel conciencial superior?, ¿qué energía hay que poner en juego para ello?, ¿cómo se puede propiciar un cambio profundo, un salto cualitativo propio y para la Humanidad, que no presente posteriores caídas, que sea sostenible? En fin, ¿cómo “ser” a la par que se “existe” y se reconocen en el quehacer científico tanto las leyes mecánicas como los motores ocultos que mueven al hombre, la Naturaleza y el Mundo?

Y para terminar quisiera que nos quedemos con unas palabras del fundador de Nueva Acrópolis que dice así:

“No es el desarrollo tecnológico el que envilece al hombre, sino que su deterioro moral es previo, y es el que le inclina fatalmente a buscar en los bienes materiales y en el poderío económico la única fuente de felicidad”.
Jorge A. Livraga.

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