A R T Í C U L O S_

 

MENCIO, UN FILOSOFO CHINO

 

Mencio es, junto a su Maestro, Confucio, una de las estrellas permanentes del Alma China. Nació en el año 372 a. C. , el 11 de Marzo del calendario occidental, el día 2 de la cuarta luna. Fue, por tanto, contemporáneo de Platón y Aristóteles, de Demóstenes, Epicuro y Zenón. Y como expresa el padre jesuita Joaquim A. Guerra, traductor al portugués de toda la serie de clásicos chinos, “su fé en un Dios único, la pureza de su vida, y el coraje con que dice las verdades a los Príncipes corruptos de su época, causan asombro” (A sua fé num Deus único, a pureza da sua vida, e a coragem com que disse as verdades aos Príncipes corrompidos do seu tempo, causam asombro). Vivió 84 años, falleciendo el 10 de Diciembre del año 289, el vigésimo sexto año de reinado del emperador Nen, ultimo soberano de la dinastía Tjó. En realidad China se hallaba desmembrada y desolada por una guerra civil, el llamado periodo de “Los Estados Combatientes”, desde el 403 al 222, una de las épocas más crueles de la historia de China. Estados relativamente pequeños armaban ejércitos de hasta millón y medio de hombres, agotándose, y haciendo de la vida una pesadilla infrahumana de corazones endurecidos. En fin, una situación, aunque en un contexto diferente, similar a la que vive el 80% de la Humanidad actual, con más de un 19 % degradándose moralmente en una sociedad de consumo estupidizante.
En uno de los textos clásicos chinos, que Confucio recopila y comenta, llamado “La Historia de Lu”, se describen los acontecimientos de una China feudal en un periodo que abarca desde el 722 al 481. “En ellas se relatan luchas constantes entre los Estados y las dos Ligas, con suertes variadas. El Emperador se limitaba a asistir, cuando no intervenía inoportunamente, para quedar mal. A la par que bellísimos ejemplos y lecciones, procedentes de todos los niveles sociales, hay en esta historia aspectos sombríos y crímenes, testimonios de un mundo en decadencia acelerada. Mencio dirá que ninguna de las guerras historiadas en “La Historia de Lu” fue justa, si bien, unas fueron más injustas que otras”
Como el mismo Confucio, Mencio nació en el Estado de Lu, pero hacía ya más de medio siglo que este estado había perdido su autonomía, dependiendo del estado de Theau. Según el análisis sabio y crítico de Mencio, la ambición le había perdido al querer ser, El Estado de Lu, cinco veces mayor de lo que debía. Aunque de estirpe de gobernantes, quedó huérfano de padre cuando tenía tres años y toda la educación y sostén quedó por cuenta de la madre, que se convertiría en ejemplo de madre-como la de Confucio- que a tal hijo supo educar. Cuenta la tradición que al principio vivieron cerca de un cementerio, y el niño comenzó a imitar las escenas rituales que allí observaba. “Este sitio no es bueno para mi hijo”, pensó la madre y lo llevó cerca de un mercado. Allí el niño imitaba los pregones y regateos de vendedores y compradores. La madre de nuevo consideró que ese no era el lugar más apropiado para la educación de su hijo. Y se fueron a morar cerca de una escuela, donde el niño imitaba las buenas maneras que los alumnos aprendían y practicaban entre sí, para satisfacción de la madre, que decidió fijar allí su morada.
Cuando tuvo edad para ello, púsole la madre en esta misma escuela y cuéntase que un día, volviendo por la tarde de la escuela, le preguntó la madre por dónde iba en los estudios, a lo que el niño respondió con indiferencia. La madre, con violencia, cortó el hilo de la lanzadera con que tejía. “¿Por qué cortaste, madre, el hilo”, preguntó el niño extrañado”. “Para hacerte ver- respondió- lo que estás haciendo. Yo me empeñé en educarte y tu no te esmeras. Es un trabajo inútil”.  Mencio quedó conmovido, y de allí en adelante, se empeño firmemente en el estudio, haciendo rendir los dotes notables que poseía.
Cuando murió la madre, la hizo enterrar con opulencia, ocasionando las críticas del señor de Lu y de su corte, a lo que respondió que “por nada del mundo se debe ser parco para con los padres”.
Mencio tenía siempre una respuesta pronta, adecuada, y muchas veces bella, para las variadísimas preguntas que le hacían y con las que frecuentemente le asediaban y presionaban. Era eximio argumentador y casuista. En cuanto a argumentar, en todo caso, él declaró bien alto: Fuérzanme a ello; no es por mi propio deseo. Mencio se convirtió en un Maestro consumado, conocedor de la Historia y de los hombres como pocos, y sobretodo, intérprete fiel de los Clásicos y de la tradición cultural de China. Dice Serma-Tsheen que él estudió con los discípulos de Tsi-Se, el ilustre nieto y continuador de Confucio. El propio Mencio dice en sus obras: “Yo no pude ser discípulo de Confucio; pero traté familiarmente con hombres distinguidos”. “Sabios hubo en la Antigüedad que yo no se imitar; pero mi modelo es Confucio”

Sabía decir a los reyes feudales las verdades, cara a cara, de su buen o mal gobierno. Y hacer ver a cada uno de ellos sus errores, pero también sus facultades, que, decía, son las virtudes de bondad y justicia, patrimonio natural del ser humano.
Expuso claramente el origen divino del Poder supremo, así como la primacía del Pueblo y otras bases de una política saludable. Habló bellamente de la naturaleza humana, de la finalidad de la educación, que es recuperar los buenos principios y las costumbres perdidas. Mencio penetró hondamente en las leyes de la Providencia y en los caminos de Dios.
Luchó eficazmente contra los sofistas de su tiempo, como Yao Tjur, que tenía por lema, “cada uno para sí”, sin que nada más importara, así el mundo se hundiera. O Meg-Daeg, que propugnaba un amor igual para todos, sin establecer diferencias entre parientes, parejas, amigos, etc. Es evidente que así, bajo estos disfraces, decía Mencio, arruinaban el principio básico de las relaciones humanas.
Pocos datos más hay sobre su biografía, y, sin duda, el mejor modo de conocerle, y, como decía Séneca, hablar con su alma, es leer sus obras, que recopiló por escrito en siete libros, cada uno de ellos con el nombre del principal interlocutor que en él figura. Según Serma-Tsheen (145- 86 a. C) en sus “Relaciones Históricas”, el mismo Mencio habría escrito, al final de su vida y con la ayuda de sus discípulos, estos siete libros, que constituyen un tesoro de respuestas y explicaciones ante preguntas que le hacían sobre los más variados asuntos. Se debe al neoconfuciano Tjur Xe (1200 d. C) su inclusión junto a las obras de Confucio en la edición de los llamados Cuatro Libros, en que las obras de Mencio vienen a continuación de las de Confucio, esto es, Los Diálogos (Lun Yun, más conocido con el nombre de Analectas), la Gran Escuela (Ta-Hio), y La Armonía Perfecta (Chung- Yung). El emperador Zhen-Tsoq (1068-1085) mandó construir una Memoria, o templo, en el lugar de la sepultura de Mencio y le dio al sabio un lugar en los templos de Confucio, después de Ngaen Uen, discípulo predilecto del Maestro (Confucio). En 1330, el emperador Mhen-Tsoq de la dinastía mogol otorgaría a Mencio el título de “Segundo Santo”. Cuenta la historia que en 1372, el fundador de la dinastía Min, Thaey-Tsu, se indignó con un pasaje de las Obras de Mencio, en lo que le pareció una intolerable falta de respeto a un Príncipe. Mandó que fuese degradado y alejado su nombre de los templos de Confucio, agregando que si alguno no se acomodaba a esta decisión, fuese considerado como reo de lesa Majestad, y por tanto, condenado a muerte. Pero los Letrados Chinos, que tantas veces dieron ejemplo de valentía, una vez más demostraron aquí su prestancia. El Presidente del Tribunal de Penas declaró públicamente: “Yo moriré por Mencio, esto será para mí un motivo de gloria”. Impresionado por tal muestra de valor, el Emperador no osó castigarlo, sino que mandó examinar con más detenimiento las obras de un sabio que inspiraba tal valor en el corazón de sus lectores y volvió a situar a Mencio en los templos de Confucio, como asesor del gran Maestro y Santo. Desde 1530 y hasta el presente, Mencio ocupa, en la galería oeste de los templos confucianos el segundo lugar, después de Thanci.
Según leemos su obra, en la seguridad y certeza de sus respuestas adivinamos al Adepto completo del conocimiento filosófico. A quien ha encontrado verdades plenas, que expone sin dificultad, adaptándolas a la mente de sus discípulos, los reyes. Es evidente, por el tono y comentarios de Mencio, que este sabio no sólo se ha conocido, sino también conquistado a sí mismo, la tarea más ardua que pueda enfrentar un ser humano.
Un discípulo le preguntó: “Si llegaras a ser primer ministro del reino, ¿experimentarías en tu  corazón sentimientos de duda o de temor?” y Mencio respondió “De ningún modo. Desde que he alcanzado los cuarenta años no he sentido yo esos movimientos del corazón”. Asombrado el discípulo volvió a preguntar: “Hay medios o principios fijos para no dejarse conmover el alma” Y Mencio dijo: “Los hay”
Y más adelante en esta conversación, que aparece transcrita en el Libro III de Mencio:
Mencio: Esta inteligencia (que poseemos en nosotros, y que es producto del alma) manda al espíritu vital. El espíritu vital es el complemento necesario de los miembros corporales del hombre; la inteligencia es la parte más noble de nosotros mismos; el espíritu vital viene en seguida. Por eso yo digo que es necesario vigilar con respeto la inteligencia y no turbar el espíritu vital.
Discípulo: Permites, Maestro, que te pregunte, en qué tienes más razón que Kao Tse
Mencio: Yo comprendo claramente la razón de las palabras que se me dirigen; yo dirijo según los principios de la recta razón mi espíritu vital, que corre y circula por doquier
Discípulo: Permíteme que ose preguntarte ¿qué entiendes por el espíritu vital que corre y circula por doquier?
Mencio: Esto es difícil de explicar. Este espíritu vital tiene un carácter tal, que es soberanamente grande (sin límites), soberanamente fuerte (no pudiendo nada retenerle) Si se le dirige según los principios de la recta razón y no se le deja sufrir ninguna perturbación, entonces llenará el intervalo que separa el Cielo de la Tierra. Este espíritu vital tiene aún este carácter: Que reúne en sí los sentimientos naturales de la justicia o del deber y de la razón; sin este espíritu vital, el cuerpo tiene sed y hambre. Este espíritu vital es producido por una gran acumulación de equidad (un gran cumplimiento de deberes) y no por algunos actos accidentales de equidad y de justicia. Si las acciones no llevan la satisfacción al alma, entonces tiene sed y hambre. Yo, por esta razón digo, pues, que Kao-Tseu no ha conocido jamás el deber, puesto que le juzgaba exterior al hombre. Es preciso practicar buenas obras y no calcular de antemano los resultados. El alma no debe olvidar su deber ni precipitar su cumplimiento(...)
Discípulo:¿Qué entiendes claramente por la expresión “Yo comprendo claramente la razón de las palabras que se me dirigen?”
Mencio: Si las palabras de alguno son erróneas, yo conozco lo que turba su espíritu o le induce al error; si las palabras de alguno son abundantes y difusas, yo conozco lo que le hace caer así en la locuacidad; si las palabras de alguno son licenciosas, yo se lo que ha apartado su corazón de la recta vía; si las palabras de alguno son ambigüas, evasivas, yo se lo que ha despojado su corazón de la recta razón. Desde el instante en que los defectos han nacido en el corazón de un hombre, estos alteran sus sentimientos de rectitud y de buena dirección; desde el instante en que la alteración de los sentimientos de rectitud y de buena dirección del corazón ha sido producida, las acciones se encuentran viciadas. Si los santos hombres aparecieran de nuevo sobre la Tierra, darían, sin duda alguna, su asentimiento a mis palabras”

¿Cuál es la finalidad de la política, para Mencio? No, desde luego, la economía, que sólo es un medio; aunque en los tiempos que vivimos, ha sido elevada a la categoría de una diosa ante quien puede sacrificarse, sin rubor, todos los valores morales humanos. Un Moloch que devora, insaciable, vidas y almas, tiempo y conciencia.
La verdadera política es la que estableciendo un gobierno justo procura el bien público. Y la palabra “Bien” nunca fue, en las antiguas civilizaciones, sinónimo de “comodidad” o “aletargamiento” físico o moral; sino Fuerza y Luz Interior. BIEN es, como enseña Platón en el Cratilo, el libre y abundante discurrir de los manantiales de la Vida, de la Belleza. La Bondad (JEN, término chino que también se traduce como Fraternidad o Humanismo) es para Mencio la natural condición y luz del Alma Humana, es su sustancia misma, la semejanza a Dios o al Cielo.
El Bien da brillo a la dignidad humana, el mal la emponzoña y corrompe. La verdadera política no sería, por tanto, la que satisfaciendo nuestros deseos nos va tornando esclavos, cada vez más, de nuestros instintos y debilidades. La verdadera política prevee las necesidades públicas y da cauce a los mejores sentimientos y a las virtudes del alma humana. La verdadera política permite el orden, la justicia y el trabajo y hace crecer, como el Sol, las simientes divinas en el corazón humano. Todo lo demás es demagogia, cuando no anarquía, que según Platón, es la que siempre permite y afianza el poder arbitrario y nefando de los tiranos. La preocupación fundamental de la política no es la economía, sino hacer que todo el Estado sea como un solo ser, y que en él reinen la armonía y la justicia.
Esto queda muy bien ilustrado en el inicio del primer libro de Mencio:
Mengtsé fue a visitar al rey Liang-hoeï-vang, rey del Estado de Vei.
El rey le dijo:  Sabio venerable, puesto que no has juzgado que la distancia de mil li (cien leguas) fuese demasiado larga para venir a mi corte, ¿me traes, sin duda, con qué enriquecer mi reino?
Mengtse respondió con respeto: ¡Rey! ¿Qué necesidad hay de hablar de ganancias y de provechos? Yo traigo conmigo humanidad, justicia; he ahí todo. Si el rey dice: ¿Cómo haría para enriquecer mi reino?, los grandes dignatarios dirán: ¿cómo haremos para enriquecer a nuestras familias? Los letrados y los hombres de pueblo dirán: ¿Cómo haremos para enriquecernos a nosotros mismos? Si los superiores y los inferiores se disputan así sobre quien obtendrá mayores riquezas, el reino se hallará en peligro(...) Rey, hablemos, en efecto, de humanidad y de justicia; nada más que de eso. ¿A qué hablar de ganancias y provechos?
En las antiguas civilizaciones el gobierno era responsable, de hecho, de cuanto sucedía al pueblo. Así lo entiende Mencio y trata con justa dureza a los gobernantes que buscan, en primer lugar, su propio interés; y,o, que por comodidad se olvidan de sus santos deberes.
Mencio: Matar a un hombre con un bastón o con una espada, ¿encuentras en eso alguna diferencia?
Rey: No hay ninguna diferencia
Mencio: Matarle con una espada o con un mal gobierno, ¿encuentras en ello diferencia?
Rey: No encuentro ninguna diferencia
Mencio: Tus cocinas tienen carne en abundancia, tus cuadras están llenas de caballos lustrosos. Pero el rostro descarnado del pueblo muestra la palidez del hambre, y los campos están cubiertos de cadáveres de personas muertas de miseria. Obrar así es excitar a las bestias feroces a devorar a los hombres.
¿Cuál es la regla fundamental del gobernante? La bondad. La fuerte bondad del que da, como un Sol su luz y calor.
¿Qué reglas son precisas para gobernar bien? Ama, quiere al pueblo y no encontrarás ningún obstáculo para gobernar bien.
Y si la rectitud moral, si los buenos sentimientos, si el amor, que es dar, depende sólo de uno. ¿Qué puede impedir gobernar bien? Si un rey no gobierna como debe gobernar, colmando al pueblo de beneficios, es porque no lo hace, no porque no puede.
Es, por tanto, la bondad, el alma de un gobierno justo. Porque para Mencio, el Estado debe ser como una gran familia. Pero no la “bondad” del que se pavonea, como tantos demagogos de hoy, y que en realidad carecen de carácter, inteligencia, resolución y lo que es peor, sincero anhelo de hacer el bien. La bondad del que es fuerte de alma, integro y puro. De aquel que no puede ser corrompido por regalos ni amenazas.
Dice Mencio: “Es preciso cultivar estos sentimientos de humanidad y aplicarlos a las personas designadas, y esto basta. He aquí por qué el que pone en acción, el que produce por fuerza buenos sentimientos, puede abrazar, en su tierno afecto, las poblaciones comprendidas entre los cuatro mares; el que no realiza estos buenos sentimientos, y no los hace producir ningún efecto, no puede asimismo rodear de estos cuidados y de su afecto a su mujer y a su hijos. Lo que hacía a los hombres de los antiguos tiempos tan superiores a los hombres de nuestros días, no era otra cosa; seguían el orden de la Naturaleza en las aplicaciones de sus beneficios”
El principal atributo del gobernante debe ser la inteligencia del alma; que permita saber qué es importante y qué no; qué está vivo y qué está estancado o muerto; cuál es el sentido de los actos, cuál es el peso de las almas, qué almas son responsables, cuáles no y en qué medida.
Se lee en el libro de los versos: “Otro hombre tenía un pensamiento, yo lo he adivinado y le he dado su medida”
Respecto al sentido de unidad, que es el Ser de un estado; y que solo se puede conquistar mediante la armonía de la justicia, leemos en Mencio: “¿Qué es preciso hacer para consolidar el Imperio? Se le da estabilidad mediante la unidad”
El corazón da la verdadera medida de la conducta de cada uno. El rey debe profundizar y conocer el corazón de aquellos a quienes gobierna: “Cuando se han colocado objetos en la balanza, se conoce los que son pesados y los que son ligeros. Cuando se han medido los objetos, se conoce los que son largos y los que son cortos. Todas las cosas tienen, en general, este carácter, pero el corazón del hombre es la cosa más importante de todas. Rey, te lo suplico: mídeme”
El rey debe gobernar y conducirse en la administración del Estado como el padre y la madre del pueblo
Hay enseñanzas de Mencio que nos conmueven por su bondad y su penetración. Pero que también nos alertan sobre la situación que viven, cada vez más megalópolis en el mundo y que puede llevar, a la disolución de nuestra forma civilizatoria, en una especie de Edad Media de la que hablan ya muchos filósofos e historiadores.
Son las masas de indigentes y sin esperanza que rodean en suburbios, cada vez mayores, las grandes ciudades, cuando no la ocupan, vagando por las calles como sombras, los “sin techo”. La “Noche de los Chacales” que vivió Lima en ....; o el terror que vive Buenos Aires, quebrantada por asesinatos y violaciones sin cuenta, son los primeros ejemplos de aquello que, por desgracia, se está precipitando “kármicamente” sobre los seres humanos.
Oigamos el sabio dictamen de Mencio sobre este asunto que tanto nos preocupa: ”Carecer de cosas constantemente necesarias para la vida y, sin embargo, conservar siempre un alma igual y virtuosa, esto solo es posible a los hombres cuya inteligencia cultivada se eleva por sobre lo vulgar. En cuanto al común del pueblo si carece de las cosas constantemente necesarias a la vida, por esta razón, carece de un alma constantemente igual y virtuosa. Si carece de un alma constantemente igual y virtuosa, no hay nada que sea capaz de hacer: violación de la Justicia, depravación del corazón, licencia viciosa, exceso en el libertinaje. Si llega al punto de caer en el crimen (revelándose contra las leyes), se ejerce persecuciones contra él y se le hace padecer suplicios. Es coger al pueblo entre redes. ¿Cómo si existiera un hombre verdaderamente dotado de la virtud de humanidad, ocupando el trono, podría cometer esta acción criminal de coger así al pueblo entre redes?”
¿Pueden las enseñanzas de los sabios, pueden las enseñanzas de Mencio, puede el ejemplo de los idealistas batir el corazón humano para que despierte del letargo e insensibilidad histórica en que se halla? ¿Existe Esperanza ante estas tinieblas que se avecinan, y que llenan el alma de oscuros presagios?
Evidentemente SÍ existe Esperanza... pero será preciso también MUCHO TRABAJO... ¿QUIERES PARTICIPAR?

José Carlos Fernández

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