A R T Í C U L O S_

 

Juan Luis Vives, un humanista comprometido
por Jean-Francois Buisson

El humanismo es el resultado conciente, libre, históricamente preparado al injerto de la conciencia cristiana en la conciencia estoica, heredera de la tradición universalista y clásica del hombre.

Eugenio Imaz (Luz en la caverna), quien proclama y realza la dignidad infinita del ser humano.

Juan Luis Vives nació con las alas más anchas que el nido, privilegio o servidumbre de los hombres demasiado dotados.
Comparado a un Erasmo o a un Budé, Vives forma parte del tríptico de los más grandes humanistas, encarna el espíritu del Renacimiento, la conciencia de su siglo.
Como la mayoría de los espíritus asombrosos, de los auténticos filósofos que marcan el increíble cambio histórico operado con el Renacimiento, la vida de Vives reproduce el eterno y universal mito del héroe en lucha perpetua y siempre enfrentado a sus tribulaciones.
Escapando de su España natal y de las persecuciones que tenía que padecer su familia de judíos conversos, se encontrara en el centro de todas las luchas de su tiempo, llevando el estandarte de las causas justas. Contestador, luchador acérrimo, Vives es un ejemplo de valentía y de afirmación. Visionario, es ante todo lúcido. Su clarividencia lo libera de las obsesiones y limitaciones de su época, le atribuye una grandeza propia a los hombres de excepción. Como personaje del Renacimiento está totalmente investido por el Ideal humanista y fuertemente comprometido con las evoluciones de su tiempo.
Vives es un hombre paradoxal y entero. De una sensibilidad extrema, dedica un verdadero culto a la cortesía, a la afectuosa inteligencia entre los hombres, a la concordia, sin jamás aceptar ningún tipo de compromiso. Su lema es sine querela.
Dotado de un gran rigor crítico, se enfrenta, con la vehemencia de un Giordano Bruno, a todos los pedantes, sofistas y profesores que enseñan a la juventud a no saber nada, está convencido que el eclectisismo lleva a la práctica de la virtud socrática.
Juan Luis Vives nace en Valencia en 1492, año del descubrimiento de las Américas y muere en Brujas en 1540. En 1500, ve a su tía y a su primo sentenciados a la pira por haber adherido al judaísmo. Huye hasta París, donde cursa sus estudios superiores, bajo el reino de Luis XII. Aprende la doctrina de los dialécticos escolásticos de la Sorbona, enseñanza que criticará cruelmente más tarde. Luego, se establece en Brujas en 1512. Entabla amistad con Erasmo, a quien considera  como su Maestro. En París, mientras viaja, conoce a Guillermo Budé.
En 1519 es profesor en la Universidad de Lovaina. Encuentra al futuro Papa Adriano VI, y es preceptor del joven Guillermo de Croy, quien será más tarde Obispo en Toledo. Este último protagonista lo introducirá Carlos Quinto. Después de una estancia en la Universidad de Alcalá de Henares, parte a Oxford. Allí, su amistad con el Canciller, Tomás Moro, le abre las puertas de la corte de Enrique VIII y de Catarina de Aragón. Vives será el preceptor de la infanta  María Tudor.
En 1524, su padre es quemado por el tribunal de la Inquisición en Valencia. Por la misma Época es condenado en Londres por su reprobación ante el divorcio de Luis VIII y se instala definitivamente en Brujas. Por aquellas fechas aprende que el cuerpo de su madre es exhumado por el Santo oficio. Vives muere el 6 de Mayo de 1540 y es enterrado en la iglesia de los Donatios, al lado de su esposa.

Un luchador
Es a  partir de  1519, diez años después del final de sus estudios en París, que empieza a hacer públicos los primeros ataques que marcan, como lo reconoce Alain Guy, « el despertar general de un sentido y gusto por la filosofía ». Esos percances acaban con el largo período anterior, que era de una  completa esterilidad intelectual.
Empujado por una corriente invisible, zarandea a todos los niveles de la sociedad. Vives se enfrenta sobre todo a los sofistas, ya maltratados desde el siglo XII. Y también a los seudo-dialécticos, profesores en la Sorbona. No condena a la dialéctica, sino a la corrupción que se hace de su uso. La dialéctica tiene como fin el abrir el acceso a varias materias del conocimiento, pero no es una finalidad en sí. Es usada como instrumento para progresar hacia el saber y no para adquirir un arte de buen hablar. Nuestro filósofo denuncia el uso que hacen  los dialécticos, el uso de una terminología incomprensible al común de los mortales. Esos que pretenden que los matices de la filosofía solo pueden resaltar a través de un léxico complejo soportan la ira de Vives. Para él, la filosofía para ser amor de la sabiduría, la « filo-Sofía », tiene que transmitirse en términos simples, accesibles a todos, en cualquier lengua. No acepta que sea  necesario crear nuevas palabras para expresar  ideas filosóficas.
Recusa el principio que las palabras conllevan el sentido arbitrario que le atribuye cada individuo. Según él existe un genio del lenguaje que reparte el sentido de las palabras en todo un pueblo. La lengua, sobre todo la del filósofo, tiene que ser comprendida entre todos, para poder transmitir a todos el sentido que lleva. Antes de todo, Vives atribuye a la dialéctica un deber educativo, y a ese que la emplea, el de educador.
La corrupción que atraviesa  la dialéctica por aquellos años le hace perder su vocación.
Condena el hermetismo estéril de la escolástica, solo útil para satisfacer a una seudo-élite de intelectuales que obscurece todo postulado filosófico.
Desde entonces, la dialéctica encuentra su interés en ella misma, y en este caso puede tratar de temas fútiles, ociosos y totalmente reprovistos de valor.
Vives condena el pedantismo de esos profesores que imponen con una tiranía sin fin que su placer propio, sus ensueños los más pueriles, sean de inmediato respetados como si fuesen una ley.
Ese vicio, dice, afecta a numerosos escritores y trae en las disciplinas memorables y perniciosos errores, porque cada uno prefiere ser el autor de su sentencia, en vez de defender la del prójimo.

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