A R T Í C U L O S_

   

CIENCIA Y TECNOLOGÍA

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Cualquier reflexión sobre ciencia y tecnología implica, en primer lugar, la   necesidad de una definición conceptual de los términos. La ciencia es la curiosidad organizada, el saber sistemático y articulado que aspira a formular, mediante lenguajes apropiados y rigurosos, las leyes que rigen los fenómenos relativos a un
determinado sector de la realidad. La tecnología es una praxis, una aplicación y una expansión de los conocimientos que proceden de la ciencia y la tecnología.
Al igual que la religión, la filosofía, el arte, la política y la economía, la ciencia y la  tecnología constituyen pilares de primer orden dentro de la estructura cultural, ya  que se considera que ambas nociones conducen invariablemente hacía la evolución  de la sociedad; considerando como evolución, todo lo que modifica moldes pasados  en la historia de la humanidad, y proyecta al individuo y a la “especie” hacia superiores estados civilizatorios.
Numerosos son los elogios que le dirigen a la ciencia y a la tecnología desde los albores del renacimiento a la actualidad. Algunos consideran que sus fines son la  “búsqueda de la verdad” y de “servir a la humanidad”. “Pero como afirma Marcel Roche (1986): “Las cosas no son tan sencillas. La ciencia y, mas directamente, la tecnología, constituye un arma de doble filo, que hay que manipular con precaución  y sabiduría si se quieren utilizar sus beneficios y evitar sus excesos”.
En su favor, se manifiesta el aumento generalizado de la esperanza de vida, sobre todo en los países industrializados y algunos de los llamados “pueblos del tercer mundo”, ha favorecido la alimentación y aumentado la productividad de la cosecha, la cría y las minas; el control de las enfermedades tropicales; la disminución de la mortalidad por el combate de las enfermedades infecciosas; la revolución de la microelectrónica que ha llevado el aumento de la producción y la eficiencia de muchas industrias; la intercomunicación mundial con el desarrollo de las telecomunicaciones y naves aéreas, acuáticas y terrestres; el descubrimiento de cómo preservar los alimentos; el hallazgo de técnicas anticonceptivas para el control de la natalidad; la invención de nuevas formas de energía, los viajes al espacio, el establecimiento de estaciones orbitales; la construcción de satélites que permiten predecir los estados del tiempo, las tempestades y realizar estudios de la superficie terrestre para el descubrimiento de recursos y mejor uso de los mismos; el posibilitar el descenso a los fondos de los mares, etc.
Hablemos ahora de ciertos efectos no deseados de la ciencia y la tecnología.según Roche (1986), “la disminución de la mortalidad, particularmente la que era debida a las enfermedades infecciosas, han llegado a un aumento logarítmico de la población”.
Así mismo, el surgimiento de polos de desarrollo ha generado la migración campo ciudad, fenómeno que ha conducido, a su vez, a la edificación de ciudades monstruosas donde una multitud se hacina para buscar bienes tecnológicos y económicos. El aumento de la productividad de la cosecha a través de la “revolución verde”  ha permitido evitar muchas hambruna pero los beneficios económicos de esa “revolución” son desiguales, de acuerdo con una injusta distribución de poder de producción y de compra en la sociedad y, además, sus efectos en la ecología natural están siendo ampliamente cuestionados porque sus fertilizantes y biocidas están esterilizando los suelos, contaminado las aguas, el aire, desapareciendo a los controladores biológicos  y propiciando la aparición de nuevas plagas. La progresiva automatización y robotización de la actividad fabril y agro-industrial en los países industrializados, ha implicado la centralización del poder económico en pocas manos, el control tecnológico de las naciones no industrializadas al mismo tiempo ha incrementado el desempleo en grandes masas. La multiplicación de contactos entre culturas, propiciados por aplicación de la ciencia y acicateado últimamente por el efecto de la “globalización” ha originado que muchos países comiencen a perder su identidad nacional por la influencia de las modas científico-tecnológicas, promocionadas por los países-centros. El desarrollo industrial y automovilístico a producido el encarecimiento del aire, la muerte y alteración de muchisimos ecosistemas terrestres y marinos costeros, aguas superficiales y subterráneas, acelerando el efecto invernadero, propiciando la agudización de las lluvia ácidas, los cambios climáticos y la perforación de la capa de ozono. El avance de las comunicaciones, y especialmente de la televisión que se construyo con el propósito de ponernos, al instante, en contacto con los acontecimientos locales, regionales y mundiales, de facilitar el sano entretenimiento y de servir como medio pedagógico para la transmisión de la cultura: ha derivado en una suerte de droga que idiotiza y pervierte con su carga de violencia y muerte, vanidad y pornografía; en ladrona de los sanos instantes que la familia debe tener para comprenderse y crecer mutuamente. Como paradoja el más importante medio de comunicación actual ha contribuido a la soledad interior y exterior del hombre y la mujer.
Entre los excesos conscientes producidos por científicos y tecnólogos encontramos la investigación destinada al desarrollo de armas convencionales, biológicas y químicas. Se afirma que el 50% de todos los científicos y técnologos del mundo se ocupan de esos menesteres gracias a ellos y al poder alcanzado, la humanidad posee los medios para autodestruirse. Naciones de diversos grados de desarrollo destinan más de 900.000 millones de dólares al año a la compra y producción de armamentos pudiendo dársele una orientación distinta y más humana a tan cuantiosos recursos.
La energía nuclear que comenzó a utilizarse con fines pacíficos y benéficos, pronto fue desviada primero, hacía la producción de bombas atómicas simples y, más tarde hacia la creación de misiles, cuyos objetivos tienen tal poder destructivo que dejan a las bombas nucleares caídas en Japón en el año 1945, como meros
jugueticos de guerra.
La ingeniería genética se ha orientado perversamente hacia la producción de bacterias, hongos, virus y toxinas de alta letalidad, cuyos efectos no pueden ser fácilmente combatidos, y así pueden llegar a afectar a grandes conglomerados de población. De su seno emergieron los agentes biológicos conocidos como bolutina
y ántrax para mencionar los más venenosos en opinión de los expertos. La bolutina es tan mortal que sólo ocho onzas distribuidas uniformemente, bastarían para exterminar la población mundial en cuestión de días. El ántrax es una bacteria que con sus toxinas quema y ampolla los revestimientos pulmonares. En unos dos días la persona muere por sangramiento, con la piel ennegrecida y llena de ampollas por dentro y por fuera.
Las investigaciones químicas han derivado en la producción de las llamadas  “armas químicas” como son el gas nervioso, el gas mostaza, el gas de oxima fosgeno, el gas fosgeno y el gas cianuro. Todos están destinados a afectar mortíferamente el sistema nervioso, vías respiratorias, ojos, boca, garganta y piel. El prodigioso crecimiento tecnológico que condujo al hombre a la luna, ha inducido a la posibilidad de militarizar el espacio por el descubrimiento, en la física cuántica, de los rayos láser, los rayos infrarrojos y los rayos de haces de alta energía.
En el desvío de la ciencia ha jugado un papel importante la visión positivista de la neutralidad valorativa en el proceso investigativo, su producto y en uso del mismo basado en que la ciencia es neutral, el científico vende la fuerza de su mente y su creatividad a una industria bélica; produce un arma letal de la que se desprende, luego, diciendo que no tiene, nada que ver con el empleo que le den, pues el científico solo es “un creador” y le queda al poder político, económico o militar decidir sobre el destino de su “invención”. Se asume así una conducta consciente o inconsciente que no se diferencia de la de un mercenario o la de un biorobot que no tienen control sobre sus actos y perdió la noción del límite. Como una manera de evitar tanto los efectos indeseados como las perversiones de la ciencia y la tecnología, urge la necesidad de la emergencia de un nuevo paradigma que permita recaudar y encauzar, tanto a los “hacedores” como a los  “aplicadores” de la ciencia, hacía una “ciencia nueva” donde se construyan seres como un ideal más humano y transcendente; que sean virtuosos y verdaderos buscadores de la verdad, y no simples vanidosos con ansias de poder o beneficios personal; que sean capaces de comprender          que en la evolución de la humanidad ellos tienen un rol importante que desempeñar.
Esa nueva ciencia debe estar amparada por una sabiduría atemporal y ser también metahistórica, como lo propuso Jorge Angel Livraga (1980): “una ciencia sin perjuicios, sin locos orgullos epocales y que exija a quienes quieran practicarla una solvencia moral y espiritual y suficiente; tanto como una independencia de los poderes del día de que les fuercen a utilizar lo que saben, o a dejarlo utilizar para cualquier fin que favorezca lo que esta de moda”. Esta sería la manera lógica que la ciencia y la tecnología siguen cortando con el filo perverso con que nos tienen acostumbrados, y se erija el filo inteligente de buena voluntad y sabio amor hacia la humanidad y la naturaleza toda, como tanto añoramos los que de alguna manera hemos despertado una pizca de conciencia.

REFERENCIAS

Roche Marsel. (1983). Ciencia, Tecnología y Derechos Humanos
Interciencia, Julio-Agosto, Vol. 8 No. 4

Livraga R. Jorge A. (1980). Cartas a Delia y Fernando. Editorial
Nueva Acrópolis

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