A R T Í C U L O S_

   

EL CADUCEO DE HERMES Y LA VIDA COTIDIANA

Por Mª Dolores Fígares
Nueva Acrópolis España

“El primero y básico principio de la fuerza moral y del poder es la asociación y la solidaridad de pensamiento y de propósito”. H.P.B. “Doctrina Secreta”, tomo V, pág. 237.

Presentación

Este camino ha sido para mí una aventura interior y exterior, que ha dado sentido a mi vida y me ha hecho creer, más todavía, en los Maestros, a la vez que subraya mi propia condición de discípulo. Es un camino de búsqueda de conocimiento, de transformación interior y práctica cotidiana, todo a la vez, con la riqueza de sus variados matices, exigencias y desafíos.

Uno viene a este mundo queriendo hacer algo en concreto, siente una necesidad, a través de la facilidad o la atracción que le suponen ciertas actividades. Hablamos de vocación, de querer o saber hacer ciertas cosas, en las cuales nos sentimos felices y plenos, útiles y realizados. Cuando nos falta o se frustra la canalización de esa necesidad vocacional, el dolor que se produce en nosotros es un estímulo para seguir buscando nuevos cauces, nuevas expresiones. Uno sabe lo que quiere, lo que sabe y puede hacer y, al mismo tiempo, lo tiene que ir buscando, en la confusión de las oportunidades que se presentan, en la variedad de los senderos que puede llegar a recorrer.

El alimento de la búsqueda se encuentra en los remansos de conocimiento, en las aperturas del horizonte, cuando se descubren nuevas claves, o se divisan perspectivas más amplias, más ricas de matices, que abren a su vez la vía hacia otras encrucijadas y otros horizontes. También en los encuentros, aparentemente casuales, con personas que nos abren las puertas, a las que estábamos llamando, como si estuvieran esperando cumplir en un momento dado ese deber.

La senda hermética serpentea por medio de las ocupaciones de la vida; va conduciendo de manera inexorable hacia la búsqueda de la plenitud, a través de toda clase de descubrimientos, por dentro por fuera. Hermes nos espera en los innumerables recodos del camino, con la condición de que estemos atentos y sostengamos la firme voluntad de buscarle, la necesidad de encontrarle y servirle.

 

La Actitud: Cuanto más dentro, más fuera, cuanto más fuera, más dentro.

Hay un mundo interno y un mundo exterior y yo pertenezco a los dos mundos. Nunca pensé que fueran contradictorios, ni excluyentes, pero no sabía muy bien cómo conciliarlos y en el fondo temía que mi acción se dirigiera a uno en detrimento del otro. Hermes me ayudó a encontrar la vía para descubrir que para llegar a lo más recóndito del templo, allí donde se encuentra el tabernáculo de cúpula dorada, tengo que salir al mundo con paso decidido, y conquistar el espacio que me pertenece, porque forma parte de mi propio destino. A la vez, he comprendido que difícilmente se puede ofrecer algo con sentido al mundo, que es nuestro ámbito de actuación, sin antes haber intuido que hay un camino interior, un sendero jalonado de pruebas, una vía interna.

El camino interior no puede justificar la renuncia a la acción externa, pues hay que probar, de forma concreta, que uno es capaz de los esfuerzos y de los sufrimientos, que uno está preparado para recibir y también para verse privado de las cosas, que sabe lo que es el triunfo y también la derrota, que conoce sus propios límites y a la vez tiene la disposición de ensancharlos, rompiendo las inercias y las impotencias. No se puede acceder al interior del tabernáculo sin haber demostrado que uno puede apoyarse sobre el espacio que percibe como real, para transmitir lo que recibe de lo invisible. Tampoco se puede dudar, cuando estamos atravesando la sutil frontera entre los dos mundos, pues la duda, acerca del propio poder y sobre el sentido que tiene el sendero, hace que se difuminen los perfiles y es como si se descendiera de un plano más elevado a otro más denso y pesado. Hay que disponerse a caminar por donde otros ya lo hicieron y, poco a poco, encontrar la propia manera de andar, y el ritmo que armoniza con nuestra particular forma de sentir y de percibir las necesidades y los requerimientos.

Hermes me señala que las apariencias no suelen indicar la realidad, sino que es preciso profundizar más, sin dejarse llevar por la impresión que nos produce una primera apreciación superficial. Las apariencias suelen ser como escudos de defensa con los cuales se protegen los seres humanos individuales y los grupos sociales; obedecen a convenciones, sirven para acallar las primeras inquietudes que puedan manifestarse sobre el estado de las cosas. Hay que aprender a leer entre líneas, detectando otros síntomas, menos evidentes, pero significativos, sobre el estado de las cuestiones y no conformarnos con la primera impresión que nos causan. Sin embargo, con el juego de las apariencias ganamos tiempo la mayoría de las veces, con tal que, cuando las producimos, tengamos claro su alcance, que es siempre epidérmico

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