A R T Í C U L O S_

   

Tras el Inicio del Nuevo Mundo

Tras tantos comentarios “milenaristas” que circularon en la década de los 90, nos atrevemos nuevamente a hacer algunas reflexiones a propósito del nuevo milenio. Una vez más una parte de la humanidad creyó enfrentarse con una fecha crucial que habría de significar cambios sustanciales en el panorama histórico.

Digo “una parte de la humanidad” porque no todos los hombres se rigen por el mismo cómputo de años, y son muchos a los que nada les dice nuestro año 2.000. Y digo “fecha crucial”, porque para los afectados, el final de un siglo siempre se ha visto con resquemor, como si trajera consigo un “ajuste de cuentas” que engloba al conjunto de los seres y, curiosamente un ajuste que desemboca en las catástrofes más variadas, lo cual indica lo intranquilas que se encuentran las conciencias en general.

Lejos de mí el negar la ciclicidad evidente de la historia. Más se lee, más se profundiza en los datos que buenamente llegan a nuestro conocimiento, y más comprobamos que, en lugar de una línea recta, nos movemos en una curiosa espiral que muchas veces nos regresa a escenarios semejantes, circunstancias semejantes, hechos casi repetidos, aunque la vuelta de la espiral en ascenso hace que las cosas nunca sean exactamente iguales, sino casi parecidas, como decíamos.

Pero esos ciclos no pueden depender de nuestras particulares y mudables formas de medir el tiempo. Si hacemos caso de la historia, hace 2.000 años había otros sistemas para contar el transcurso de las estaciones, y no todos los pueblos lo hacían de la misma manera. Y en la actualidad, tampoco coinciden las fechas en que unos y otros dicen vivir. Los ciclos, los verdaderos ciclos históricos que incumben a la humanidad, han de estar vinculados a la propia evolución de la humanidad, señalada naturalmente por una suma de tiempo o, dicho con otras palabras, por sumas de experiencias asimiladas o no.

En cambio, los humanos, que nos vemos incapacitados para medir esos especiales ciclos evolutivos, nos aferramos a los decenios, a los siglos, a los ciclos temporales que nos corresponden según donde hayamos nacido. Y esa relativa medición hace que, en muchos casos, provoquemos grandes cambios bajo la presión del tiempo que nos señala momentos iniciales o terminales subjetivamente concebidos.

Los últimos diez años de este siglo se presentaron convulsionados. Surgieron renovaciones, revoluciones y reestructuraciones por doquier. Los acontecimientos parecen marchar a más velocidad que nuestra propia capacidad para asimilarlos. Pero fue el final del siglo… fue el momento de hacer algo antes de que sea el tiempo el que nos lo haga a nosotros.

Una vez más la tarea del filósofo es la de observar, aprender, comparar, analizar, no dejarse llevar por terrores inútiles y, antes bien, colaborar activamente en cuanto movimiento crea positivo para el desarrollo de la historia que la humanidad viene construyendo en conjunto. Y en eso estamos. Con ese espíritu vamos hemos recibido el nuevo siglo y a los que vengan luego. El final no existe: sólo existe el avanzar y penetrar el tiempo, lo que es decir, penetrar el misterio de quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.

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